
Hace algunos años, me encontraba yo explicándole a uno de esos castellanohablantes estrictamente monolingües una curiosa particularidad de la blasfemia en catalán. Y es que, al ser la palabra deu polisémica, dependiendo del contexto lo mismo puede significar dios que puede significar diez. De este modo, cuando alguien dice cagondeu (abreviatura de "me cago en deu") nunca sabes si se está cagando en dios o si se está cagando en diez.
Hasta aquí, lo que no deja de ser una curiosidad de sobremesa para amenizar la hora del cortado de media mañana. Lo que realmente me sorprendió fue la inesperada reacción de mi interlocutor. Se quedó en blanco unos segundos, como intentando procesar el dato y al final dijo:
- Seguro que lo dicen para hacerse los valientes, pero por dentro están pensando "diez".
Esto lo soltó, todo convencido y sin pestañear, un hombre hecho y derecho de unos 34 años. Me quedé alucinado con la respuesta y estuve dándole vueltas en mi cabeza durante horas. Decir algo así, y decirlo en serio tras haber meditado unos segundos, implica creer que una entidad inteligente está monitorizando tus pensamientos las 24 horas del día y que si te atreves a insultarle en público, o en privado, te castigará por ello. De hecho, y esto es lo que realmente me alucina, el insulto en si es grave, pero no es lo mas grave. Si hicieras como que le insultas en voz alta pero interiormente pensaras en otra cosa, estarías libre de pecado. El pecado, la ofensa, no sería tanto el exabrupto en sí, sino el hecho de haber pensado en ello.